Edición 9La llama viaja

El mayor tesoro que guarda Colombia: su gente

Cartagena de Indias, barrio Getsemaní, julio 2019

Álvaro González*

Hace tiempo que tenía interés en visitar Colombia, pero no fue hasta este verano que tuve la oportunidad. Muchos amigos y conocidos me habían hablado sobre lo impactante y maravillosa que es su naturaleza y su cultura, y de alguna manera habían sembrado dentro de mí la semilla de la curiosidad. Lo que no podía imaginarme es lo que realmente encontraría al final.

 

La ruta que hice fue la siguiente: Bogotá – Santa Marta – Tayrona – Ciudad Perdida – Cartagena de Indias – Medellín – Salento – Bogotá. En total fueron 21 días de viaje. De los cuales, los tres primeros estuve solo y el resto los pasé acompañado de cuatro amigos.

 

El 24 de Julio, tras 15 horas de viaje entre vuelos, escalas y taxi, llegué a Bogotá. El tráfico en las calles era un caos. La gente iba y venía de todas partes y hacia todos lados. La vida era intensa y densa en esta ciudad. Cuando vienes de una ciudad tan formal como Zürich estos detalles te llaman mucho la atención. Ya en el camino del aeropuerto al hotel pude aprender la primera palabra en español colombiano: Trancón (Atasco).

 

Mi hotel estaba cerca del Parque de la 93 y para llegar allí desde el aeropuerto hay que cruzar parte de la ciudad. Recorriéndola de sur a norte ves como el paisaje urbano se va modificando poco a poco, y se hacen muy evidente las diferencias económicas que hay entre unas zonas y otras. La desigualdad es un estado palpable en cada rincón de Bogotá.

 

Pese a este primer sentimiento, el conductor del taxi me instruyó sin ningún prejuicio sobre la idiosincrasia de la ciudad. Cómo se organizan sus calles, de norte a sur las carreras y de este a oeste las calles. Ascendiendo y descendiendo numeralmente, formando una cuadricula que naciendo de la montaña parece no tener fin. Una ciudad que no se acaba y que nunca duerme.

 

Antes de viajar a Colombia todas las conversaciones familiares y con amigos giraban en torno a la seguridad del país, de lo peligroso que podía ser visitar el país y sobre las medidas de precaución que debería tomar. Contra toda recomendación utilicé los tres primeros días para pasear sin rumbo por la ciudad, hablar con gente y descubrir rincones libremente. Me vestí con ropa normal, nunca saqué mi móvil para localizarme o para tomar fotos y caminé con paso firme y seguro. La ciudad se me hizo inmensa. Lo que parecían cortos paseos se convertían en horas de camino. Después de dos días me di cuenta de que el sentimiento de inseguridad no estaba en la ciudad sino dentro de mí.

Parque nacional Tayrona, julio 2019

De estos paseos destacaré varias cosas:

 

– La librería Siglo del Hombre Editores en la Carrera 4 a su paso por La Candelaria. Su dueño era una persona extraordinaria y sin conocernos pasamos un rato hablando de arquitectura y poesía.

– El museo de Botero. Tiene el tamaño perfecto para un museo, además de contar con una colección maravillosa.

– Toda la obra del arquitecto Rogelio Salmona, que sin duda da un valor especial a la ciudad.

– El Restaurante Andante en las Torres del Parque. Sin duda mi rincón favorito en Bogotá. Es tranquilo. Es auténtico. Como dirían en Colombia: ¡es delicioso!

 

Cuando el sol se ponía, algo que en Bogotá sucede relativamente pronto, aprovechaba para asistir a clases de salsa y aprender un poco de algo que me empapara de la cultura colombiana. La música y el baile llenan cada rincón del país. El Vallenato, la Salsa o la Cumbia entre otros estilos, suenan a todas horas en las emisoras colombianas. Incluso el conductor del taxi que me llevaba a la escuela de baile me dio una clase magistral sobre grupos de salsa para que pudiese sorprender a la profesora.

 

Su salsa es diferente, rápida e intensa, y a la altura que está Bogotá es fácil quedarte sin aliento. La música se acelera para alcanzar el ritmo de los bailarines y estos bailan y bailan con una sonrisa indeleble.

Ruta de 3 días hacia Ciudad Perdida, julio 2019

Después de estos tres días, salvo un par de museos, no había visitado ninguna atracción turística y no había presenciado nada de la impactante naturaleza del país. No me había bañado en sus playas y no había respirado su selva. Pese a esto, tenía la sensación de haber descubierto el mayor tesoro que guarda Colombia: su gente. 

Son cálidos y cercanos. Son amables y sencillos. Pero sobretodo son acogedores. Uno puede notar desde el primer momento, como ellos quieren transmitirte su gusto por el país, que entiendas el por qué ellos lo aman tanto y que puedas sentirte como en casa.

No sé si tuve suerte con la gente que encontré en mi camino, pero la experiencia se repitió en cada rincón que visité y con cada persona que conocí. 

Autor: Mi nombre es Álvaro González. Nací en Sevilla hace 30 años y ahora mismo trabajo como Arquitecto en Zürich.

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